Los abrazos

 

[…]

Abrazar requiere idea, propósito, compromiso. Requiere fuerza, vigor, ganas, espíritu, cercanía. Abrazar implica, de alguna manera, querer. No solo querer dar, el abrazo digo. Querer. Querer a quien se abraza. Desearle lo mejor. Desearte, también  a ti, lo mejor.

[…]

Hay abrazos de amor. Casi sin beso. Incluso sin besos. Son abrazos para siempre. Cuando uno se abraza así no quiere terminar nunca. Abrazos para toda la vida. Te abrazas y… No sabes cuándo vas a dejar de abrazar, de apretar. Casi sin mirarte, hombro con hombro. Encajados, casi uno. Uno más bien. No quieres irte. No te irías nunca. Nunca. Por Dios, nunca. Que no me muevan, que no se muevan. Ahí, así, siempre. Toda la vida. Solo dejas de abrazar por una razón. Porque no puedes pasar mucho tiempo sin ver su cara, sus ojos, leer su sonrisa, fundirte en ella, en sus pestañas. En su alma, siempre a través de sus ojos. Esos que centellean. Que iluminan la vida, tu vida. Solo esa fuerza sobrenatural te separa un poco, solo un poco. Y tal vez otra. Sentirla, sentirle libre, también. Libre. El abrazo está, aunque no esté. Solo hay que esperar el momento. El momento de volver a dejar de ver, por unos instantes, a veces muchos instantes, su imperecedera mirada.

José Antonio Luengo

La entrada completa la podrás leer aquí

 

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